El otro día recibí un mensaje el “feisbuk” para que me hiciese fan del Starbukcs de Puerto Banús. Se me ponen los pelos de punta al pensar que estos piratas estén desembarcando en nuestro litoral. A ver si nos enteramos, Starbucks apesta, apesta su modelo de negocio, su concepto y su café…

Starbucks no se configura como un espacio de ausencia como los gigantescos “Category Killers” de otros sectores como MacDonald´s, sino  un rincón íntimo donde personas elegantes pueden compartir, en palabras de los directivos de la compañía “un café… camaradería… amistad”. Es ese puntito New Age lo que nos asegura sentirnos diferentes. Detrás de sus cómodos silloncitos que nos hacen respirar como en el salón de casa (confieso que su mullido arrullo me gusta), se esconde un plan de dominio mercantil mundial. Starbucks ha reconocido abiertamente su deseo de penetrar sólo en los mercados donde puede “llegar a ser el principal minorista y la principal marca de café”. La idea consiste en saturar una  zona con tiendas hasta que la competencia en el ramo del café se haga tan feroz que las ventas bajen incluso en las propias tiendas Starbucks.  A diferencia de este gigante, las empresas individuales sólo pueden ganar    con una   tienda a la vez. El bombardeo por saturación de locales clónicos   es una estrategia de competencia minorista que sólo pueden aplicar las grandes cadenas. En España la franquicia pertenece al grupo VIPS, lo que garantizará algunas diferencias con su homóloga norteamericana.

¿Qué diferencia hay entre un local en Marbella o en Nueva York? Ninguna. Es lamentable que el universo clónico impuesto por el afán de generar marcas reconocibles globalmente genere tantos adeptos. Quizás las mentes simples y planas de muchos consumidores se sientan más seguras en un entorno siempre reconocible.

Qué decir de los astronómicos precios del café, un brebaje preparado a la americana donde sabor y aroma se pierden en gigantescos envases de papel encerado. Sinceramente, me gusta el sonido de una pequeña taza de loza o el cristal del vaso contra el que choca una cucharilla de metal (y no una excrecencia de plástico con forma de palito). Me gusta el café de verdad, corto, intenso y no los litros de sopa oscura que sirven en Starbuks a precio de oro. Así que por favor, no os dejéis enredar en las estrategias del buen rollito de esa gentuza, apestan.

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