Confieso que me fascina recorrer los anaqueles de la tienda del Gourmet del Corte Inglés. Hay muchas cosas que me llaman la atención, me epata el orden, las etiquetas y el diseño esmerado de muchos de sus productos. Me ponen esos lineales llenos de alimentos únicos, raros. Es en una de las esquinas de este remanso de los glotones donde se expone quizás, uno de los reflejos más absurdos de nuestro capitalismo fagocitante: El anaquel de las aguas.
Reconozco que resulta un auténtico placer toquetear esas botellas de transparencia angelical que contienen únicamente líquido elemento. Bling, Voss, Ogo, Tau son algunos de sus exóticas denominaciones. Hay cierto lirismo en los caracteres impresos en sus etiquetas, todo un auténtico alarde de excesos concentrados en algo tan efímero como una botella.
Sin embargo, esta explosión de aguas con la que nos deleitan los restaurantes más “in” o “cool” tienen su origen en causas más prosaicas. Las guerras en el mercado de los refrescos entre Coca Cola y Pepsi son algo ya habitual. Cada cierto tiempo los medios nos informan de tiroteos entre distribuidores de ambas bebidas o el fichaje de ejecutivos entre una y otra compañía. Al margen de las balas y las malas artes, en estas constantes batallas se ha utilizado tests ciegos de sabor o simpáticos e inofensivos, aunque a veces no tanto, anuncios de televisión. El mayor problema al que se enfrentan Pepsi y Coca Cola es que el mercado de los refrescos ha alcanzado ya su fase de madurez y no crece de la  manera deseable. Por ello, para generar nuevas ventas y conseguir nuevos consumidores, las empresas han de buscar nuevas estrategias.

A principios de la década de los 90, el mercado del agua embotellada representaba tan sólo una minúscula gota en el gran océano que es el mercado de bebidas. A nivel global Evian y Perrier dominaban aquel diminuto nicho de mercado y contribuyeron a crear la imagen de producto saludable con que cuenta el agua mineral. Pepsi fue quien rompió las reglas de este mercado que poseía como público objetivo a las mujeres y a los consumidores de clase alta y lo convirtió en algo unisex y cotidiano.

Una década después ese pequeño nicho de mercado se había agrandado tanto que Coca Cola se lanzó al ataque. Hoy en día existen más de 800 marcas compitiendo en la categoría de agua embotellada, ocupando el primer grupo de bebidas más consumidas.

El efecto de esta psicosis inducida es que el consumo de agua embotellada ha crecido incluso en lugares donde el agua del grifo es de calidad, lo que está provocando de manera innecesaria el aumento de residuos y el gasto de grandes cantidades de recursos y energía. El crecimiento más acelerado lo presentan los mercados emergentes de Sudamérica y Asia.

La extracción industrial de agua puede provocar desequilibrios medioambientales y económicos, especialmente en países en desarrollo con problemas de sequía. El transporte de aguas “puras y exóticas” desde lugares remotos no hace más que incrementar la contaminación debido al consumo de combustibles fósiles. No hablemos de su envasado, a la utilización de energías no renovables hay que añadir los 2,7 millones de toneladas de PET, un plástico derivado del petróleo, que al degradarse desprende sustancias nocivas para la salud. Para cerrar el círculo solo el 20 por ciento de las botellas se recicla (me encantan esos preciosos tejidos como el Polartec), y una botella de plástico puede tardar hasta 1.000 años en biodegradarse y no digamos ya si la incineramos, los riesgos de emisiones tóxicas tendrían un efecto peor que la nube de Chernobil. La consecuencia es que nuestros océanos se están llenando de botellas de agua vacías (o repletas de agua de mar), contaminado sus fondos y siendo digeridas por multitud de especies marinas. Los vertederos de todo el mundo sufren una saturación de inocentes envases de Evian, Aquarel que nunca se muestran en sus coloridos anuncios.

Si expresamos las magnitudes estúpidas, mil litros de agua envasada costaban en España 340 euros cuando idéntica cantidad de agua corriente costaba no más de euro y medio. Las diferencias en otros lugares pueden ser descacharrantes: Los californianos pagan 900 euros por ese mismo metro cúbico frente a los 50 céntimos de coste del agua del grifo. Lo que verdaderamente encarece el precio del producto no es el agua (que sólo supone el 10 por ciento), sino el embotellado, el transporte, la distribución y el marketing.
El colmo de este mercado es la venta de aguas cada vez más sofisticadas y gilipollescas, a las que se le añaden todo tipo de aditivos: vitaminas, aromas, sabores e incluso oxígeno. Todo ello sin olvidar el mercado de las mascotas. El no va más de los aditivos es aquel que con unos cuanto litros de agua embotellada y dieta, los hombres conseguiremos lo que siempre hemos ansiado, un buen par de pechos.

Anuncios