Nunca me gustó el fútbol muy a pesar de mi padre, rabioso hincha del Athletic de Bilbao. Todavía conservo alguna fotografía en la que aparezco vestido con toda su equitación, lo peor aquellas medias blancas y rojas a rallas tan ridículas caladas y ajustadas hasta las rodillas. El deporte en general y el fútbol en particular son, desde hace décadas vehículos utilizados por le poder para el enaltecimiento de los Estados. Olimpia, ese ejemplo de plasticidad de Leni Riefenstahl refleja la obsesión de  Hitler por demostrar la superioridad de la raza aria.

En España, donde los cuerpos serranos, la grasa y el colesterol hacen mella en las estadísticas médicas, debido a la sustitución del tradicional bocata de jamón por el “bollicao” hipercolesterólico y la comida congelada, nos acercamos a la vorágine absoluta encarnada en el “Deporte Rey” . Y es que hemos pasado de fútbol los sábados y domingos a que los balonazos y pitidos se extiendan por todo el calendario anual. De 10 los minutos que componían la sección de deportes de los informativos de televisión hemos pasado a la omnipresencia absoluta de los deportes como noticia y a la progresiva desaparición de la información de otro tipo. Liga española, “Premier Ligue” británica, “Calcio” italiano; cualquier retransmisión es buena para adobar las mentes de los españoles. Aderezando el espectáculo, el deporte como medio, una legión de periodistas comentaristas que han convertido su profesión en una nueva crónica del corazón. Algunos, como el inefable “Joserra” se permiten el lujo de filosofar diariamente sobre la nada entre las noticias supuestamente serias.Portada de Marca. Mundial de Futbol
El despiporre llegará con el mundial de Sudáfrica (a no ser que haya un levantamiento Zulú y lo conviertan en un nuevo Rorke´s Drift, el estadio de Johannesburgo, evento que quedaría muy bonito retransmitido en “prime-time”). Miles de millones de personas podrán ver este evento global, un auténtico Eldorado que muchos anhelan. Un negocio que mueve miles de millones de euros en derechos de televisión, venta de artículos promocionales. Marcas como Niké, Adidas, Coca Cola aprovechan este momento para inundar el mercado con sus mercancías fetiche: botas, camisetas, balones, fabricados en las zonas más empobrecidas del mundo, por obreros sobreexplotados, y vendidos a precio de oro en los países ricos. Una camiseta deportiva, que cuesta en España unos 75 euros, equivale a tres meses de sueldo de un niño-trabajador de la India. El fútbol deja ver así las contradicciones y las explotaciones que singularizan a la globalización, y sus desigualdades más manifiestas.
Las presiones de la FIFA, que maneja más presupuesto que un país como Francia, van encaminadas a la liberalización de este negocio, que en muchos casos cotizan en Bolsa, de modo que lo que está en juego en las victorias de los equipos son las alzas y bajadas de sus acciones. El mercado, el dinero y la ausencia de escrúpulos han impuesto en el fútbol la ley del más rico. Aunque por unos días, el Mundial enmascare esta realidad, el patriotismo de las marcas privadas se está imponiendo. Así lo determina la tiranía del mercado.En España el Gobierno de manera patética recomienda a los clubes de fútbol que sus ingresos no superen a sus gastos, de Perogrullo…

El fútbol es más que un deporte. Como dicen los sociólogos, es un “hecho social total”. Traduce la complejidad de una época. Seduce por sus reglas sencillas. Por su combinación de talentos individuales y de esfuerzo colectivo. Es una metáfora de la condición humana. Con más perdedores que ganadores. Donde no todo es épica. Asimismo, es una alegoría de la guerra (o de la lucha por la vida). Su terminología lo delata: “atacar”, “defender”, “disparar”, “contratacar”, “resistir”, “fusilar”, “matar”, “vencer”, “derrotar”. Ver un partido puede provocar ansiedad, estrés… y hasta infartos. Es el deporte político por antonomasia. Se sitúa en la confluencia de cuestiones contemporáneas como la pertenencia, la identidad, la condición social, e incluso -por su carácter victimario y místico- la religión. Con sus graderíos abarrotados, los estadios se prestan a los ceremoniales nacionalistas y a los rituales identitarios o tribales que desembocan a veces en enfrentamientos entre seguidores fanatizados.
Como si de un castigo divino se tratase, la globalización nos ha impuesto el fútbol por pelotas.

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