Uno de los grandes hitos de la ciudadanía fue la toma de la calle, convertir los espacios de las ciudades en lugares cívicos donde reunirse y manifestarse. El final del siglo XVIII trajo consigo un nuevo modelo de relación con los espacios públicos. De la plaza mayor con olor a bruja y hereje a la parrilla se pasó al debate ciudadano. Los espacios públicos siguieron conservando su importancia pero transformados. Los Sans Cullottes hicieron de ellos su universo particular donde los afeitados se imponían hasta la coronilla. Durante dos siglos, nuestras calles han visto desfilar grises con porras en la mano, revoluciones de claveles, filósofos arrancando adoquines, grandes marchas raciales sobre capitales imperiales, un sinfín de movilizaciones que dieron preeminencia a los ciudadanos.

Sin embargo, ese espacio de debate se ve amenazado por un nuevo y curioso fenómeno nacido de la globalización. Al calor de la MTV, la radiofórmula y las búsquedas masivas de google, se han puesto de moda los denominados flashmob, una acción coordinada por un grupo de personas. Podrían pensar ustedes en sesudos happenings, planificados para el debate del transeúnte, pero nada más lejos de la realidad. El pasado sábado, la madrileña plaza de Vázquez de Mella en Cheuca se convirtió en el centro “epicodecadente” de una convocatoria para bailar como Lady Gaga. Alrededor de cien aguerridos muchachotes imitaron a su admirada estrella global con un tipo apodado “Gaga” como conductor de masas. Con sus 18 años este residente del extrarradio (para ser exactos de Fuenlabrada) lucía de manera estrafalaria incluyendo peluca rubia y los terribles tacones que la cantante británica calza en todos los lugares donde puede (o le dejan).
Al ritmo del éxito Telephone donde inteligentemente se juega con el lesbianismo como producto de escándalo para enmascarar una mala canción, los espontáneos bailarines desgranaron movimientos de baile que previamente habían ensayado durante 15 días.

El flashmob se apoya en las redes sociales donde se encuentra el éxito de su convocatoria y posterior difusión con formato de video aficionado. Inteligentemente la publicidad ha coronado la diversidad sexual y racial como superestrella de la publicidad y la cultura popular provocando una profunda crisis de identidad. El mercado se ha apoderado del muticulturalismo y de los géneros del mismo modo que de la cultura juvenil en general, no sólo en tanto que sectores del mercado, sino como fuentes de una imaginería carnavalesca. De este modo, las necesidades y los deseos del mundo han quedado irrevocablemente homogeneizadas. La nacionalidad, la etnia, la lengua, la filosofía y la política quedan reducidos a accesorios coloridos y exóticos asegurándose la destrucción de la identidad creándose un enorme “nosotros”.
Al mismo tiempo, mientras más empresas compiten por ser omnipresentes en el imperio del consumo, todo el concepto del espacio público es objeto de una nueva definición. El ágora se transforma en un espacio banal dispuesto a ser patrocinado y comercializado. Espacios donde las opciones de alternativa, de debate abierto, de crítica y de arte no censurado, desaparecen.

Anuncios