Todo lo relativo a la monarquía en este país posee un aire críptico. Miedo, autocensura. presiones, cortesía, tráfico de favores, sentido de Estado, son muchas las circunstancias que convierten a toda la información relacionada con la realeza en algo complejo y complicado.No abundaré en el debate del republicanismo, me centraré en los aspectos de cómo aborda esta institución sus relaciones con los medios y la ciudadanía. La Casa de S.M. El Rey ”es el organismo que, bajo la dependencia directa del monarca, tiene como misión servirle de apoyo en cuantas actividades se deriven del ejercicio de sus funciones como Jefe de Estado”. Así lo determina el art. 1 del  Real Decreto 434/1988. El Jefe de la Casa de S.M. El Rey está asimilado al rango de Ministro y de acuerdo con la constitución -como ocurre con todo el personal al servicio de S.M.-  es nombrado y relevado libremente por el Rey. La Casa Real se compodría de la familia siendo su jefe, evidentemente el monarca.

Al mando de este organismo está el diplomático Alberto de Aza, que anteriormente se ocupó de la Oficina de Información Diplomática. Algunos lo tachan de “izquierdista”, si en el mundo de la diplomacia y la realeza españolas hay hueco para este tipo de ideas. La oficina de comunicación corre a cargo del periodista navarro, Ramón María Iribarren, y esta se encarga de las relaciones con los medios desde el pasado 15 de abril cuando sustituyó a Juan González Cebrián. Las últimas semanas Don Juan Carlos de Borbón y su hijo, Don Felipe han sido noticia por diferentes motivos. El primero por haberse sometido a una operación de pulmón en un hospital Barcelonés. Tras afirmar hace unos meses que el estado de salud del jefe del Estado era bueno, los españoles se vieron sorprendidos con la noticia de su hospitalización y operación. Un inteligente golpe de mano orquestado desde el conocimiento de que una anuncio precio hubiese inundado los medios de noticias más o menos veraces durante meses. La propia enfermedad durante esta crisis se ha convertido en algo secundario ocupando la atención de los medios elementos subsidiarios como el hospital, la profesionalidad del equipo y finalmente la elocuencia del monarca recomendando la sanidad pública (para luego ser atendido en su recuperación en una clínica privada). Por otro lado, las fotografías retocadas con diferentes uniformes del Príncipe Felipe han sido portada y comentarios en la mayoría de los medios de comunicación. Un asunto sin importancia que bien ha podido funcionar como cortina de humo con respecto a la enfermedad del Monarca.

La comunicación de la Casa de S.M El Rey deja mucho que desear, hay muchas zonas oscuras. Presiones para que no se publiquen libros como en el caso del libro sobre el 23-F de Amadeo Martínez Inglés. Ese momento de la historia de España ha sido inteligentemente vendido como un triunfo del Jefe del Estado, sin embargo fuentes solventes apuntan a una conjura palaciega reconducida. Nunca lo sabremos, pues las cintas de la centralita de la Zarzuela desaparecieron tan misteriosamente como se quemó el archivo de la Falange y la Guardia Civil. La presión más o menos sutil ha generado el retoque de la biografía de la Reina escrita por Pilar Urbano y que costó la cabeza a Juan González Cebrián (disfrazada de sustitución), debido a que se “deslizaron” comentarios no deseados considerados como nefastos. El episodio del secuestro del semanario satírico, El Jueves sólo demuestra torpeza por parte de las instituciones del Estado, la sátira es la mejor medicina para una democracia y es el mejor paliativo para cualquier organo del Estado. Una declaración del Rey en favor de la revista y en este sentido le hubieran hecho ganar enteros.

La modernización de la monarquía está capitaneada por el binomio Felipe-Letizia y sus mediáticos aliados del Grupo Prisa. Reportajes exclusivos en el País Semanal, inauguraciones de estudios radiofónicos, toda una alianza forjada a la luz de los intereses futuros. Sin embargo, quienes dirigen el entorno de la Casa de S.M. El Rey deberían conocer muy bien las reglas del Espectáculo. Los nuevos aires no deben pasar por una desmitificación del concepto regio, pues es esa idea taumatúrgica la que mantiene viva el mito y hacen que la monarquía sobreviva en un entorno cada vez más hostil.

La ocultación de cacerías de osos borrachos, los tejemanejes de Urdangarín, la eliminación casi física del papá de Froilán o los viajes semi clandestinos de la reina a Londres, son episodios que deberían ser evitados. La modernización debería venir de la mano de una política de comunicación fluída y transparente; seria y rigurosa alejándose del papel couché y ayudándose de los nuevos medios tecnológicos. El Jefe de Gobierno debe estar sujeto al escrutinio de los ciudadanos que pagan su sueldo y permiten su subsistencia no por gracia de Dios, sino por voluntad democrática. El ejemplo de esta falta de pulso es la increíblemente soporífera web de la casa real. Fotografías mal recortadas, poses imposibles, información escasa, nula elegancia y usabilidad hacen de este sitio una experiencia difícil de olvidar. Majestad, menos naftalina y mas seriedad.

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