Miedito, mucho miedito, así nos sentimos cada vez que vemos un informativo de televisión, leemos los periódicos o acudimos a los canales de información en Internet. El mundo es un lugar terrorífico y terrible, los mensajes relativos a este infierno son cada vez más contundentes y repetitivos.

Hace ya algo más de un año que la Gripe A irrumpió en nuestras vidas. Como si de la película Juegos de Guerra se tratase, el nivel de alerta pasó de nivel 4 a nivel 6: había nacido la primera pandemia del siglo XXI. El nuevo tipo de gripe llegaba de Méjico donde se declararon inicialmente más de 800 casos. Los medios de comunicación convertidos en los voceros del pánico comenzaron a emitir noticias cada vez más alarmistas. Mascarillas agotadas, suspensión de eventos públicos ,todo era poco para limitar los efectos del contagio.

La OMS aconsejada por un equipo de asesores, que en parte estaban en nómina de algunas compañías farmacéuticas, modificaron la definición de pandemia lo que permitió que se declarara a nivel global. Las cifras no dejaban lugar a dudas, la OMS cifraba en 150 millones de personas las víctimas de la gripe A. Los gobiernos hicieron cálculos de centenares de miles de víctimas, por ejemplo en el Reino Unido se abrieron fosas comunes a la espera del Armagedón disfrazado de pollo loco.
La siguiente decisión por parte de los gobiernos fue hacerse con miles de vacunas y tratamientos antivirales. Las víctimas producidas por la pandemia ascienden, hasta el momento, a 17.853 personas, 480.000 muertos menos que los provocados por la gripe común. En nuestro país fallecieron  275 personas, 2800 víctimas menos por gripe que cualquier otro año. La gripe A ha provocado únicamente un 10 por ciento de las muertes habituales producidas por la gripe común a la que ha desplazado.

En España, el gobierno presionado por medios, opinión pública y por la comisión sanitaria de la UE, adquirió 10 millones de tratamientos antivirales y 35 millones de vacunas de las que sólo se han empleado 10.000 dosis. El desembolso ha ascendido a 400 millones de euros, cifra similar al sobrecosto al que el tesoro tendrá que hacer frente por el encarecimiento de la deuda que vence este mes de junio. En el número 324 de la prestigiosa revista British Mediacal Journal, se publicó un informe en el que se alertaba sobre la promoción de enfermedades como mecanismo de incremento de los negocios sanitarios. En él se señalaban que en ocasiones se exageran los riesgos de salud e incluso se inventan patologías para abrir el campo a clientes. A menudo en esta promoción están implicadas agencias de comunicación pagadas por algunas empresas farmacéuticas sin escrúpulos. Los casos mejor comunicados son susceptibles de convertirse en enfermedades comunes, como ocurre con el Síndrome del Colon Irritable, hoy enfermedad muy extendida. El éxito se debe en parte a la campaña de intoxicación emprendida por Indigo Comunicactions, los informes confidenciales a los que tuvo acceso la BMJ, señalaban que el objeto de la comunicación era convencer y convertir al colon irritable en una enfermedad física y no en un trastorno psicosomático que es lo que era. Para sacar el fármaco al mercado era necesario generar una demanda social que produjese una necesidad entre los especialista que lo recetaban.

El colesterol, la seguridad de los bebés, la obsesión por la dieta, los accidentes de tráfico, los mercados de valores, cada rincón susceptible de comercialización son blanco de compañías que orquestan maniobras donde se juega con nuestros miedos magnificados por unos medios de comunicación que han convertido sus cabeceras en un pase continuo de desgracias sangrientas. Todo sirve para crear nuevos mercados ante la credulidad de unos periodistas poco dados a investigar debido a la desidia, falta de motivación o la censura de sus directivos que conocen el origen de sus cuentas de resultados.

En una sociedad hiperconsumista e hipercompetitiva son muchas las compañías que se ven tentadas a obrar de manera cicatera, aprovechándose del miedo generado por informaciones que parten de los despachos de sus directores de comunicación. La única forma que existe de luchar contra esta tendencia poco deseable del marketing es el conocimiento y un exigir a nuestros informadores un trabajo veraz y realmente independiente.



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