Quizás haya llegado el momento de que dejemos de insultar a los políticos. Como siempre cuando ya no queda nada por desvelar, el sacar algo a la luz se convierte en una rutina industrial. La indignación se consumo a sí misma, y el desprecio consensuado se conforma con encogerse de hombros. La clase política se caracteriza por el dominio de la medianía, el fracaso del discernimiento, el pensamiento a corto plazo, la ignorancia conceptual, la obsesión por le poder, la codicia, el nepotismo previsor, la corrupción y la arrogancia. Las facturas de gastos ficticias y el fraude fiscal tienen en occidente la consideración de divertido deporte popular. Lamentablemente los emolumentos del personal político, no permiten la menor consideración con los sueldazos de los directivos de medios de comunicación o la banca, quienes consideran su propio fariseísmo como legítima fuente de ingresos.

Las acusaciones de que los políticos se llenan los bolsillos, probablemente digan más de los acusadores que de los acusados; revelan la secreta envidia al caballero de industria que vive a costa de los demás y un desconocimiento de la realidad económica.
Las aportaciones para campañas electorales, las subvenciones, las cantidades destinadas a las fundaciones políticas, los fondos reservados y los avales constituyen una destrucción de capital mucho mayor que todos lo planes de jubilación que puedan tener nuestros políticos.
No se comprende por qué los políticos habrían de ser más duros de mollera que las demás personas; pero una y otra vez comprobamos que incluso unos signos unívocos como terribles derrotas electorales, no bastan para que la clase política aprenda la lección.
¿De qué forma y con qué fin llega una persona a la política? Si echamos una mirada a la trayectoria personal de Madrid, Sevilla o Bruselas, nos daremos cuenta de que el político profesional es, por regla general, una persona sin profesión. Ya durante la adolescencia pasa horas y días enteros en una organización escolar o universitaria: porque sólo aquel que descuida sus estudios, es decir, aquel que estudia lo menos posible, podrá llegar a portavoz, delegado o presidente. Se trata de una carrera muy dura, que consiste básicamente en desarrollar la actividad de los codos. Pero una vez superada la ardua tarea de pasar sucesivamente por la agrupación de barrio, el comité local y el consistorio municipal, ya no será necesario buscarse sustento.
Podríamos describir este tipo de carreras desde dos perspectivas: Visto desde fuera, se trata de un empleo a tiempo completo, que exige una atención constante. Los continuos forcejeos y las enconadas luchas de trincheras no permiten ni un respiro. Las negociaciones del grupo político, los debates sobre los estatutos y las intrigas de salón dejan una experiencia muy singular: Y aquel que finalmente consigue que su nombre figure en la papeleta electoral o que logre alcanzar la vicepresidencia de alguna organización, por regla general tendrá que conformarse con el déficit de realidad que defenderá encarnizadamente frente a cualquier ataque.
Aquellos que acceden a puestos directivos de empresas por su valía personal habla con desprecio no disimulado del personal político, algo que da que pensar. Y lo hacen no sólo poque tienen a los políticos profesionales por unos ignorantes, sino porque consideran que toda su actividad es de un vacío insoportable.
Así que mejor que insultar a nuestros políticos hablemos de su miseria. Una miseria de naturaleza existencial. Lo primero que salta a la vista es el increíble aburrimiento al que se exponen. Todo es repetitivo e igual: exposiciones, disquisiciones, debates en donde no existe el factor sorpresa. La principal tarea de un político es asistir a reuniones, presentaciones y sesiones. Todos se resumen: parlamento, senado, comisiones, subcomisiones, consejos asesores, patronatos… Así pues, un político profesional invierte largos años, posiblemente incluso décadas, en asistir a reuniones.

Otra parte de su tiempo se va en leer correo, correos electrónicos, informes, boletines, queda excluida cualquier otro tipo de lectura, excepción hecha por el periódico oficial de turno. Este problema se agrava con el denominado “sistema de lectura indirecta”, provocado por el abuso de los recortes de prensa, noticias filtradas que cada vez más protegen al político de hechos desagradables.
La exteriorización de los sentimientos no está permitida se sustituye por una necesidad permanente de hacerse publicidad que se traduce en mascaradas, reuniones carnavalescas o la asistencia a los más abyectos y vergonzantes programas de televisión. A sonrisa forzada y la simpatía afectada son tareas totalmente normales durante cualquier campaña electoral. El político se ve sometido a un escrutinio permanente por parte de los objetivos de las cámaras y las incomodas preguntas de algunos díscolos periodistas.La miseria básica de todo político es su total aislamiento social. Incluso los privilegios de los que goza, y que le suelen reprochar incansablemente, contribuyen a aumentar su infortunio.
Peor suerte corren aquellos que son alejados del aparato del partido, una oscura dirección muy bien remunerada o un despacho en Bruselas marcarán el fin de toda una vida vacía de contenido. Por que ¿a quién se pe ocurriría contratar a una persona que no ha estudiado nada en concreto?.Por todo ello, y como cualquier colectivo dependiente, como alcohólicos, ludópatas o sexoadictos necesitamos conocer su patología antes de lanzarnos a la crítica abierta.

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