Siempre había pensado que el periodismo era algo más que una profesión, que este trabajo era una forma de vida que quienes la compartíamos buscábamos cambiar una parte del mundo que nos rodea. Sin embargo, la realidad siempre es más prosaica y lo que antaño era una profesión considerada socialmente que ejercíamos con orgullo, hoy se ha convertido en uno de los empleos peor considerados por los ciudadanos.
La telebasura ha universalizado la imagen del periodista pornógrafo preocupado únicamente de las vidas ajenas, del cotilleo y el murmullo de patio de vecinas. Por otra parte, los grupos mediáticos imponen una “omertá” cada vez más difícil de sobrellevar obligando a los trabajadores de los medios a autocensurarse antes que informar sobre la realidad de instituciones, partidos políticos o empresas. Se podría afirmar que sólo se informa de quienes no son capaces de ejercer influencia política o económica en el medio de turno. De ahí que la creciente concentración de medios y su monetarización vía acciones bursátiles hayan devastado el sentido real de los medios de comunicación. Éstos órganos han pasado de  ejercer un servicio social a convertirse en meros negocios en los que la hipocresía está a la orden del día.

Y en la base de esa pirámide productiva se encuentra la tropa, los redactores que son acribillados diariamente por sus jefes para que se informe de la más variopinta retahíla  de pseudonoticias que en muchas ocasiones sirven a los intereses económicos del medio de turno o son fruto de un cambalache de favores que benefician directamente al complejo político informativo.
Los periodistas somos seres sin dignidad, la perdimos tras la transición a la democracia. Somos capaces de denunciar las mayores injusticias sociales (siempre que interese a nuestro medio) pero somos incapaces de informar sobre el régimen psudoesclavista al que se somete a muchos trabajadores de la información. Para muestra la situación a la que se han visto sometidos los informadores deportivos de Málaga. Si no lo saben, el club deportivo Málaga ha sido vendido a un jeque de Qatar, en un alarde de inteligencia y buen hacer, los nuevos dueños del chiringuito, han decidido cerrar a cal y canto el estadio de La Rosaleda (situado en una de las zonas más depauperadas de la ciudad) obligando a deambular a periodistas e informadores gráficos por sus soportales entre calor agobiante, olor de orines y basura acumulada. ¿Es esta una situación que dignifique a los informadores?. Evidentemente el hecho noticioso no son los jugadores, entrenadores o portadores de petrodólares que pululen por el lugar, sino el trato chusco, chuleta y macarra al que se somete a la tribu. Salvo excepciones (como he podido escuchar en el informativo de las 14.00 de la SER), nadie informará de la situación creada. Los medios preferirán la foto del jeque y su cohorte de pelotas agradecidos hinchándose a dos carrillos, junto con los directivos del club en algún putiferio de Marbella a someter al escarnio público y merecido su comportamiento. Y en la próxima rueda de prensa a comportarse como auténticos corderitos. Sin embargo, el colmo de los colmos, es que el estadio es propiedad de la Junta de Andalucía, Ayuntamiento de Málaga y Diputación Provincial, instituciones todas ellas preocupadas en la “dignidad de la profesión”, pero que realmente buscan entradas de tribuna de gañofa para sus dirigentes. Me imagino las declaraciones presidentes, consjeros, ediles y demás cuerpo de barandas: lanzar balones fuera y dejar caer algunas migas convertidas en publicidad institucional, que para eso se acerca un periodo electoral.

La culpa la tenemos nosotros, los periodistas. Nuestra incapacidad para denunciar los sueldos de miseria, las jornadas laborales de locura, el intrusism, los negocietes de directores y gerentes, la creciente oleada de despidos en aras de rentabilizar los conglomerados mediáticos así como el silencio por decreto han convertido a la más hermosa de las profesiones en el más hediondo de los infiernos.

Anuncios