Hay días que no tengo nada que contar. Nada que decir, nada que comunicar a la comunidad virtual.¿Estaré enfermo?¿Me estaré quedando atrás en el nuevo mundo digital? Me tiemblan las piernas y no puedo conciliar el sueño. Tan sólo tengo 494 amiguetes en el “feisbuk” y 70 seguidores en el “tuiter”, una nadería si tenemos en cuenta lo que los gurús y “trenders” consideran para ser una persona o avatar en el mundo digital. Me preocupa, mi blog sólo ha registrado 2.574 entradas, el vértigo se apodera de mi, me siento un fracasado.

Los tiempos han cambiado, antes un amigo era un tipo con el que tomabas copas, aguantabas sus chistes malos, sus depresiones e incluso, de vez en cuando, antes de esta maldita crisis, le prestabas el dinero. Ahora un amigo es un tipo que se te cruzó en el camino y que agregas en tu red social favorita. En otra categoría se sitúan los “seguidores”, una banda muy documentada que está dispuesta a aguantar todos tus ingeniosos comentarios a cerca de las cosas más peregrinas de la vida.
No me mal interpreten, todo lo que llega de la red no es malo. Las redes sociales tienen enormes virtudes, sobre todo la de poner en conexión a millones de ciudadanos sin conocer barreras territoriales para que compartan información de todo tipo. Uno de los ejemplos más claros del poder de la web 2.0 es la velocidad de propagación de las modas, los códigos o los eslóganes. Según la dirección de comunicación de Tuenti, sus usuarios añadieron a su imagen de perfil una bandera española con una velocidad de 3.000 por minuto.  A media tarde del día 12 sumaban ya más de 6 millones, de un total de ocho inscritos en dicha red. La red homóloga, Facebook con 10 millones de españoles registrados experimentaba fenómenos parecidos con la difusión del beso de Iker Casillas y la periodista Sara Carbonero o la adhesión a la página de Iniesta que en cuestión de horas alcanzó la cifra de un millón de amigos.

La gestión de este enorme poder recae en las empresas creadoras del fenómeno. La facilidad para segmentar a los usuarios, conocer sus gustos, los tiempos de permanencia en dicha red (que alcanzan los 45 minutos de media por usuario, lo que ya supone el 20 por ciento del tiempo dedicado a conectarse  Internet) suponen un excelente campo para la acción del marketing. Nunca hasta ahora se habia tenido la posibilidad de llegar a un segmento tan definido de manera tan rápida y a precios tan asequibles.

Cuando la publicidad en los medios escritos se ha vuelto inoperante, los anuncios de televisión son prohibitivos y la publicidad exterior es difícilmente cuantificable y segmentable, las redes sociales nos ofrecen el paradigma del marketing.

A esto debemos añadir el potencial para las relaciones públicas y el plus que añade relacionarse directamente con usuarios y clientes. Coca-Cola, Telepizza o Dominos´s Pizza son algunas de las compañías que han apostado por dar un bocado a la publicidad televisiva para volcarse en la red, aprovechando los picos donde los usuarios se conectan y que son perfectamente conocidos por sus gestores.

Sin embargo, no todo son cualidades bonancibles. Se detecta un aumento de la adicción a Internet, fenómeno que empieza a ser tomado en serio por los psicólogos. Recientemente la Diputación de Granada ha hecho público un estudio en el que se pone de manifiesto que el 64 por ciento de los estudiantes de Secundaria de dicha provincia presentan predisposición a adicción a la red. Se pone el acento sobre la falta de educación en el uso de las mismas así como el desconocimiento de los padres acerca de los hábitos digitales de sus hijos.

En el juego de las redes sociales confluyen factores como el aislamiento que impulsa nuestra sociedad, la necesidad de inmediatez, así como una cada vez más alarmante incapacidad para relacionarnos. Otro de los problemas que plantean esta nueva forma de relacionarnos es el fin de nuestra privacidad. Lejos quedan los tiempos de las reflexiones que hacía Coppola en “La Conversación” (1974). En la actualidad nuestros datos, gutos y perfiles son analizados,tabulados y guardados en grandes servidores. ¿Quién no ha “goggleado” su nombre alguna vez? ¿Son ciertas todas las informaciones que se publican sobre nosotros? ¿Tienen derecho a etiquetarme en fotografías que luego son visibles y rastreables para cualquier persona?. La red es una herramienta interesante pero colisiona con muchos derechos que incluso todavía están por regular. Uno de ellos, y quizás el más importante, el derecho al olvido, a compartir unas cervezas con mis amigos de carne y hueso y a pasar de saber en qué sitio guay están mis otros “amigos”.

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